Fotografía de Óscar Danilo Pérez y Mateo Pérez Rueda.

Mateo sí fue mi amigo

Por qué carajos tenías que tener tanta razón, casi siempre, pero precisamente ahora, maldito Borges. No ves que no es agradable. Una vez escribiste una historia, que nada tenía que ver con la muerte, pero metiste una idea que ya no me puedo sacar del cuerpo: la inútil congoja de que nada nos hubiera costado haber sido más buenos cuando muere alguien que queremos. Eso estoy sintiendo desde hace tres días y no sé hasta cuándo putas me dure, porque Mateo era mi amigo y pude haber hecho mucho más por él. Pude haber hecho tanto que si me concentro a pensarlo termino sintiéndome una escoria inútil y lamentable, con asco de sí misma. Gracias por nada, Borges. Una frase que no te costó nada escribir y que ahora me martilla la cabeza. Por eso me distraigo, me desconcentro, no vaya a terminar yo también tirado en cualesquier cuneta, valiendo lo poco que me siento cuando pienso en mi amigo.

Pero tu capacidad de hacer sentir mal no termina allí, quién lo creyera. Pero no es tu culpa, lo único que hiciste fue describir la frialdad de la existencia, a veces tan difícil de asumir, y ya es uno el que queda atrapado en tus laberintos. Veo alrededor la indiferencia del mundo: cada quien carga con sus muertos y todo alrededor sigue como si nada. Cuando muere alguien que vos querés, al mundo le importa un carajo, te deja solo. Eso lo describiste con maestría con tu ficcional Beatriz. Luego de ella morir, saliste a la calle y notaste que el universo empezaba a operar ciertos cambios para apartarse de ella. Es lo único que yo encuentro desde que Mateo no está. La indiferencia de la realidad exterior hacia tu pérdida ínfima. El mundo sigue su curso y vos te echás tu tristeza al hombro. Sin estorbar, que hay otros detrás moviéndose más rápido.

Es increíble todo esto. El hombre siempre ha estado muriéndose. Desde su mismo origen es todo lo que ha hecho. Toda la historia de la Humanidad es la historia de la muerte de la Humanidad. Mata la enfermedad, mata el hambre, mata el dolor, mata la guerra. Algunos, incluso, más osados, han llegado a morir de amor. Todas esas muertes innumerables y apenas ahora comprendo de qué se trata: apenas la de mi amigo me duele. Pero, como este dolor no me sirve de nada y no quiero terminar en la cuneta, por honor a Mateo, no me preocupa ahora, como a Vallejo, la fugacidad de la vida, sino la fugacidad de la muerte, por lo fácil que olvidamos a quienes se van. Solamente me queda, Mateo querido, recordarte con el pretexto de ser mejor y de mostrarle a quienes no te conocieron, el privilegio del que gocé al tenerte como amigo.

Da clic para leer algo de la excelente escritura que Mateo nos dejó.

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